Aquel primer encuentro Como estatua viviente, muy ansiosa, impecable. Estalló en un beso, tu mirada penetrante. Se mezcló entre la gente, en hora pico y sol radiante de un movido Caballito a esa hora de la tarde. Tu mano rozó la mía, como apresurando el vamos, que pronunciaron mis labios, en intento de alejarnos del murmullo de la gente, que el café había inundado. Me ayudaste con mi abrigo, a ponérmelo despacio emprendimos un comienzo, las escaleras abajo caminando lentamente, hacia el coche que abordamos hasta el nidito de amor, nos sumergió con encanto. Tus abrazos y tus besos, me regalaron un cambio, con incógnitas y sorpresas, con sonrisas y entusiasmo. ¿Sería la única vez? me preguntaba pensando ¿Tal vez el comienzo de algo?... Dudaba ante ese encuentro de calor inigualable Tu sonrisa con la mía se entremezclaron al aire. Una pasión ardiente recorrió mi piel a mares, confundiéndome en la tuya con temor a enamorarme de esa bella estatua viviente que muy puntual y sutil fue a encontrarme.
Van diez meses de tu partida. Te convertiste en mi ángel desde el día en que te conocí, y ahora te adopto como guía. Nunca te equivocaste, siempre con la justa, y así yo te quise, frontal, amigo, compañero de momentos, amor de mi alma. Eras así, como el COLibrí, no por su tamaño, sí por tu belleza, alegría, agilidad, tu ir y, tu venir con dulzura en los labios y en todo tu ser. Todavía te lloro y por ello te pido perdón. Te pedí que me llevaras contigo, sonreíste y me dijiste que no, no querías que sufra por nada, tampoco por ti. Querías que siguiera mi camino. Soy escritora y a veces, poeta, y tú lo sabías, pero mis escritos no te llamaban la atención.
Es por eso, que en vez de poesía hoy te dedico esta entrada, así de sencilla, sin rodeo de palabras, escritas con el corazón. Siempre estás presente, no en cuerpo pero sí en alma.