martes, 17 de mayo de 2016

HOJAS DE NARANJA AMARGA

Hojas de naranja amarga

Ana se despertó sobresaltada. Su pequeña de cinco años volaba de fiebre. A la una de la madrugada en el pueblo no se escuchaba más que el volar de los mosquitos hambrientos. Menos se podía esperar que haya una farmacia de turno, ya que el farmacéutico vivía en una casa al fondo del terreno y el timbre, menos el portero eléctrico, no existían, por lo que sería una pérdida de tiempo pensar en conseguir  un medicamento. Recordó algunos remedios caseros que su abuela preparaba y sin pensar más se calzó las alpargatas, se vistió un abrigo y salió corriendo hacia la casa de una vecina que distaba unos 200 metros. Por suerte, Sofía era de esas vecinas solidarias que no se negaban a nada. Linterna en mano para alumbrar la huerta, arrancó unas plantas de perejil, las lavó con agua de pozo (no era aljibe), envolvió en papel de diario viejo y entregó a Paula, quien sin siquiera agradecer (dicen que es de mala suerte agradecer los remedios) dio media vuelta y volvió corriendo a su casa. En ella la esperaba Guido, con el fueguito encendido en la cocina a leña y el agua hirviente en una pava ennegrecida por el fuego y el pasar del tiempo,  para preparar la infusión de raíces de perejil. No tardó mucho en estar listo el té, que fue paseado entre dos tazas como para que se enfríe un poco antes de dar de beber a la niña. Paulita era la menor, y si bien los padres no acostumbraban a las demostraciones de cariño, ambos la amaban con toda el alma. Paulita tomó de a sorbos el té caliente y al rato comenzó a transpirar hasta quedar empapada, por lo que su madre procedió a desvestirla de a poco como para evitar el cambio brusco de temperatura, lo que podría resultar fatal.  Cambió su ropa y la cubrió con una frazada. La niña durmió sin nuevo sobresalto. El día amaneció lluvioso y frío. Paulita mostraba un cuadro gripal sin fiebre intensa,  pero la febrícula continuaba. Paula recordó que el médico en oportunidad anterior con un cuadro semejante con otro de sus hijos, le había dicho que la gripe se cura sobre todo con reposo y té caliente. Además había que evitar el cambio brusco de temperatura.

   Ese día iba a preparar pan casero, el dinero escaseaba y había que ajustar gastos. Era un lujo comprar en  la panadería. A media mañana, escuchó a Paulita que despertó con tos. Pensó en lo que podía darle de tomar. Recordó el té de naranja amarga a la que llamaban “apepú”, la planta que tenían en la quinta rebosaba de frutas, no servía para tomar el jugo,  pero sí su corteza era utilizada para preparar dulce en almíbar. Arrancó tres, o cuatro o quizás más hojas del árbol, las lavó y colocó en un jarro de aluminio, agregó unas cuantas cucharadas de azúcar blanco, varios carbones hecho brazas en el horno, donde luego iba a cocer el pan, lo revolvió hasta salir humito aromático, agregó las hojas de naranjo, revolvió y sobre ellas agua hirviente. Dejó hervir unos minutos más, dos o tres, y retiró del fuego. Esperó a que enfríe un poquito, no mucho, tomó una bombilla y se lo llevó a la cama de Paulita, quien esperaba despierta a su mamá. Llegó la noche y hasta ese momento bastaron no más de tres tazas de esta infusión para que Paulita recupere la respiración normal. Pasaron  algunos días, y todo el malestar y el susto habían quedado atrás, gracias a la buena vecina y a la receta del  té de la abuela. 

domingo, 15 de mayo de 2016

DÍA DISTINTO.

“Día frío, especial para quedarme en casa y disfrutar de mucha tranquilidad y mi soledad”, pensó Rita esbozando una sonrisa. Era sábado. Se levantó de la cama más tarde de lo que acostumbraba y como era habitual, se desperezó bajo la ducha tibia y reconfortante. “Hoy no estás para compartirla” se dijo en el momento justo en que sus manos espumosas dejaban al descuido el jabón rosa que le traía recuerdos. El ritual posterior no fue diferente al de todos los días: secador  y cepillo para el cabello, crema y loción para el cuerpo, delineador y labial para no verse con una simple cara lavada, todo como si hubiera adivinado  lo que la esperaba. Se preparó unos mates, colocó la yerba, un poquito de azúcar, y apenas una pizca de manzanilla. Lo sacudió como para mezclar todo y echó un chorrito de agua fría sin mojar toda la yerba, luego el agua a punto listo como para cebar la infusión. Esperó unos minutos y colocó la bombilla. Los primeros sorbos que suelen venir acompañados de polvo de la misma yerba mate, los echó a la pileta. Recordó las cascaritas de naranja, por lo que desenroscó la tapa del recipiente y tomó varias que ya estaban secas (Las cascaritas ella misma las prepara cuando pela las naranjas, lo hace cuidadosamente tomando solo la parte anaranjada porque la corteza blanca es amarga, y las deja secar).  Estaba feliz por el día que la esperaba. Ni siquiera iba a cocinar porque había comida en la heladera y solo faltaba calentarla antes del almuerzo.
   Bastó que se sentara ante la computadora (servidor) para que sonara el teléfono.
-Hola! Cómo estás? Cómo será tu día hoy? Estarás muy ocupada? –la voz  al otro lado del hilo no la dejó elegir respuesta.
-Hola! Bien! Nada especial para hoy. Por qué? –recordó que tenía que salir a las cuatro de la tarde a visitar a un alumno para explicarle un tema de matemática, y se lo dijo.
-Entonces voy a visitarte –dijo con tono decisivo.
-Está bien –respondió la dueña de casa con el pensamiento puesto en que su día no sería el mismo del que había planeado.
   Tomó unos mates, encargó empanadas para reforzar el almuerzo, revisó su correo electrónico, escribió un par de comentarios en algunas de las Comunidades a la que es asidua visitante, y sonó nuevamente el teléfono.
-Ya estoy cerca, puedes salir a mi encuentro?
-Ahí voy –respondió Rita.
Era casi mediodía  cuando se encontraron. Entre sus domicilios hay más de hora y media de viaje. El almuerzo transcurrió con amena charla. Sobre todo la de la visita que no se callaba ni para masticar los alimentos. Contó historias y más historias. Rita que acostumbra a estar en silencio hasta cuando escucha la radio o sintoniza un canal de televisión, el volumen no supera los 20 decibeles, estaba segura que Marta sobrepasaba al doble de ese volumen, en bien de sus oídos quería decirle  basta pero su corazón y su alma la invitaban a tener paciencia ya que la grata visita (dentro de todo, grata) no sería para mucho tiempo. La hora se aproximaba, Rita avisó que pasaría a vestirse diferente, porque el ambiente no estaba para andar desabrigada. Se calzó las botas, tomó un abrigo grueso y se sentó a esperar a que Marta terminara la casi última charla como visitante. Rita se aseguró de que todo esté cerrado, hasta las llaves de luz y calefacción.
   Caminaron juntas, Marta del brazo de Rita por temor a tropezar con una baldosa suelta, que en este barrio y muchos otros, abundan. Llegó el tren a horario y ambas ascendieron. Rita bajó tres estaciones antes de la que iba su amiga para hacer combinación. Pero la historia no terminó ahí, y el día realmente se presentaba distinto.

    Ya en casa de su alumno, se dispuso a explicar los temas demandados. Había pasado una hora cuando comenzó a sentir que su  olfato no le fallaba y desde la cocina un reconocido olor se expandía por todo el dos ambientes. El aroma particular y penetrante como molesto, salvo cuando se está dispuesto a comer al amigo del colesterol, comenzó a nadar hasta impregnar los cabellos limpios y prolijamente peinados, el abrigo colgado de un perchero y los poros de su piel perfumada. Rita solo pensaba en llegar al final de la clase. El olor a quién sabe qué cosa frita con aceite de mil usos,  le había quitado hasta las ganas de ir a la misa vespertina. Se sintió tal mal que lo único que quería era hacer lo que hizo: llegó a su casa, se desvistió, colocó su ropa en el lavarropas (lavadora) y respiró profundo bajo la ducha tibia.

sábado, 14 de mayo de 2016

INFLORESCENCIA

INFLORESCENCIA

Delineo mi nombre
en tu espalda entregada
con pinturas naturales
aún reptando en jangada
en el acerbo tiempo
con jugoso  anagrama
tu nombre en gallardía
En fortuito menester
e indomable deseo
surge un giro inesperado
avellanando mi espacio
con tu cálido placer
en blanco, rosa y topacio. 

AL AMANECER

AL AMANECER
¿Por qué versos tristes?
si los prefiero alegres
¿Para qué llorar si existe?
la ternura y el amor ardiente
aunque no puedo negar…
extraño tu saludo en madrugada
y tus besos tempraneros
meciéndose en mi almohada
extraño tu dulce tu sonrisa
y tus ojitos color miel
que hacen brillar las estrellas
en cálido amanecer

miércoles, 11 de mayo de 2016

HUECO EN EL TIEMPO

HUECO EN EL TIEMPO

Mientras
el extrañarte  no es extraño
la nostalgia se vuelve hábito
y por tenerte el alma clama
el corazón se debate
en abanico de amalgama
Allí
surge un hueco en el tiempo
en el profético pensar
que el fuego se extinguirá
en el abismo de ese
perdurable silencio
Pero
surge otro hueco en el tiempo
y estás presente, varonil
con perfume amaderado
exhalando en fuerte abrazo
tus deseos contenidos
hoy, tal vez mañana
es  día de victoria

los fantasmas ya no existen

miércoles, 4 de mayo de 2016

AGUA DE RÍO

AGUA DE RÍO
Quién sabe cuánta vida hay
en las aguas turbulentas
si aumentan día a día 
las especies tan variadas
o devora la hondonada 
en el río pendenciero
Nadie se atreve a decir 
que de un censo es imposible
deducir cuál cantidad 
se entremezclan invisibles
a los ojos del naciente 
ocultándose imponentes 
del ocaso  en el rastreo
de pescadores fortuitos
del hacer a su albedrío.
Reflexionando un momento
sobre estas criaturas
triste quedó el firmamento
y el sol se hundió en silencio
dándole paso a la luna 
que enamorada del río
se extendió sobre su cuna.




sábado, 30 de abril de 2016

SIN NOMBRE

SIN NOMBRE

Te alfombran violetas
de flores que aguardas
de pálidas verdes
pintan la alborada.

Te adorna y encanta
pequeña Alegría
de rosa naranja
brinda su armonía.

Hojas lanceoladas
y redondas frutas
pende atizonada
de cabos erguidos.

¿Serás comestible?
tus pecas no hablan
luces aderezada
muy acicalada.

Los duendes te aman
perfumas su estancia
en verde y restaño

bella mojigata.